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Antología Mayor de la Literatura Dominicana (XIX-XX)

 

  • FRANCISCO GREGORIO BILLINI (1844‑1898)

      Francisco Gregorio Billini nació en Santo Domingo el 25 de mayo de 1844 y murió en esta misma ciudad el 28 de noviembre de 1898.

    Fue militar, periodista, legislador y narrador. En su juventud participó en la guerra de la Restauración y a los cuarenta años fue electo Presidente de la República, habiendo renunciado un año más tarde. Fue fundador de El Eco de la Opinión y colaboró con numerosas publicaciones periódicas del país.

    Como narrador, dejó Baní o Engracia y Antoñita, una de las novelas de costumbres más leídas en nuestro país y que refleja la vida del pueblo dominicano a finales del siglo pasado.

  Obras publicadas:

    Amor y expiación (1882), Baní o Engracia y Antoñita (1892), Baní o Engracia y Antoñita (Obra literaria 1, Fundación Corripio, 1997), Miscelánea (Obra literaria 2, Fundación Corripio, 1998).

    BANÍ O ENGRACIA Y ANTOÑITA

 Capítulo II

ENGRACIA Y ANTOÑITA

I

        Después de todas las gratas impresiones recibidas al volver a él, ¡cuán hondamente hirió mi alma la experimentada al buscar primero solo y en silencio, y luego de no verlas, ni hallarlas en sus casas, al preguntar por las dos amigas más estimadas que yo tenía en el pueblo!

    Bellas y hermosas ambas como las flores que al relucir del alba despiertan adornadas de rocío.

    Era Engracia de diez y ocho años de edad en aquel entonces, y Antoñita apenas contaba diez y siete.

    Si esta relación que me propongo hacer, no fuera real y cierta, sino inventada, yo me detendría largo rato describiendo a estas dos criaturas. En el campo de su belleza hay flores que puede regar en montones la imaginación de un novelista, y hay perlas en las urnas de su alma que el exquisito gusto del poeta haría relucir en espléndida corona.

    Sin embargo, fuerza es seguir dando las noticias más convenientes a ellas.

    Engracia, cuando la dejamos de ver, vivía tranquila y dichosa en su casita blanca, fabricada de tabiques de tejamanil, y cobijada de palma‑cana, donde aún habitan su madre y sus hermanas.

    Buena, sencilla, pura de intenciones, hacendosa, bella, retozando en el jardín de sus mejillas el sonrosado pudor; con sus ojos verdes como las yerbitas que nacen a la orilla del arroyuelo de Peravia, o como las esperanzas que sonreían a su alma; con sus facciones finas y agraciadas; con su cabellera casi rubia y abundante, aunque un poco tostada; con sus lindísimas manos, no obstante el trabajo cotidiano a que se encontraban acostumbradas; con sus graciosos labios rojos, decidores elocuentes de la modestia de su ser, se mantenía candorosa y llena de juventud Engracia.

    II

        Antoñita, huérfana de padre como Engracia, vivía también feliz al lado de su madre y sus hermanos.

    Desde muy niña dió a conocer Antoñita la precocidad de su inteligencia.

    Era sensible como gota de rocío, extremosa en sus amistades, y apasionada hasta lo sumo de las cosas que se acomodaban a sus gustos. Tenía en ciertos y determinados casos una firmeza de voluntad bastante notable como eran notables también sus debilidades.

    ¡Extraño sentir de ese corazón!

    Qué dualidad de carácter. Débil como los mimbres que se inclinan al más ligero soplo de la brisa, nunca podía negarse al halago, a la complacencia; tímida en causar el disgusto de los demás, siempre estuvo pronta a ceder aunque fuera en contra de su propio interés; blanda como la cera en sus impresiones, dejaba esculpir en su corazón las penas y las tribulaciones ajenas, y con ellas se mortificaba acariciando el dolor hasta de aquellos que la habían hecho sentir dolores. Aún a costa de su propio gusto cuántas veces se sacrificó en aras de la amiga, o al ruego de la hermana o de la madre.

    Era como las rosas, que de balde y sin sospecha alguna dan sus aromas aún a aquellos que vienen a deshojarlas. Pero cuando se encontraba en cualquier asunto, en cualquier caso que ella consideraba de delicadeza, o que lo creyese grave al cargo de su limpia conciencia, entonces parecía como que su alma estaba iluminada, y fuerte como el bronce y dura como el mármol, no había poder que la doblegara.

    Antoñita no era de esas bellezas encantadoras que seducen a primera vista; pero en su trato, en su conversación viva y siempre acompañada de esa acción que da brío a las palabras y que insinúa más las ideas, revelaba que era mujer espiritual y capaz de sentir y comprender las cosas dignas de las almas levantadas.

    Por eso Antoñita se conquistaba el agrado de cuantas las trataban.

    Aquella cabeza erguida y poblada de cabellos negros que tan a menudo usaba en dos largas trenzas tendidas a las espaldas; aquella frente despejada donde cualquiera podía leer las impresiones de su corazón; aquellos ojos tan expresivos, con su mirada inteligente a la vez que tierna; el suave perfil de su pequeña nariz, y más que todo, su boca que no economizaba aquellas risas sinceras, donde parecía anidar la franqueza y la complacencia, daban a Antoñita ese no sé qué que inspira la simpatía.

    Antoñita, por otra parte, con algunas diferencias en el gusto y algunas violencias de carácter, estaba adornada de las mismas virtudes que embellecían á Engracia.

    En su casa desde niña la mimaron mucho y todo se lo consentían, tal vez a causa de ser la hermana menor. Acostumbrada a esa prodigalidad de cariño, ella quería, y con razón ser la más distinguida en el cariño de sus parientes y amigas.

    Engracia no era tan exigente, ni mucho menos tenía el orgullo que en ciertos casos aparentaba tener aquélla, pero la verdad es que amaba sin ostentación y con extremos a las personas de sus afectos, y sobre ellas sentía una especie de debilidad por Antoñita.

        III

        Pobres fueron las dos desde su cuna, aunque Engracia mucho más que Antoñita. Cuando Engracia llegó a tener uso de razón, ya estaba acostumbrada al trabajo. Todos los quehaceres domésticos los aprendió desde la infancia, y en materia de curiosas labores llegó a adquirir fama.

    Antoñita no trabajó desde tan temprana edad, ni hacía los bordados y los tejidos tan finos como Engracia; aunque es, y siempre ha sido, cualidad de las mujeres de Baní tejer y bordar bien; pero aprendió a leer, escribir y contar con una facilidad poco común. Los versos la entusiasmaban y los recitaba con gracia y sentimiento; sabía de memoria casi todas las poesías de nuestros poetas, sobre todo las de José Joaquín Pérez, de quien se complacía en repetir con su maestro Don Postumio, (hombre muy dado a emitir juicios hasta en las materias que no conocía) que José Joaquín Pérez si no se empeñara en matar su propio sentir, abatiendo con el desaliento la estética natural de su alma, por su  fácil ritmo y espontánea expresión, hija de ese lenguaje interior que retoza en su cerebro, cual si allí tuviera un órgano armónico, sería sin disputa alguna, no sólo el más connotado bardo de Quisqueya, como algunos le han llamado, sino uno de los mejores poetas líricos de la América.

    Por esas dotes intelectuales, y por las ocurrencias que tenía, en su casa y en el pueblo, cuando niña la llamaban la Sabichosa; como así mismo por el carácter suave de Engracia, por su modestia, por el eco dulce de su voz y por sus maneras apacibles, los de su familia y en la vecindad le decían Graciadita.

    Era ella tan afortunada para vender sus labores, que le faltaban manos y tiempo para cumplir con los tratos que hacía, sobre todo en tiempos de fiesta. Su madre complacida de esta buena suerte, cada vez que se presentaba la ocasión, no la desperdiciaba recalcándole la frase de costumbre:

    —Engracia, hija mía, muchas veces te lo he dicho, acuérdate de eso: tu vas a ser rica casándote con un comerciante o con un hombre de negocios.

    Y como Antoñita vivía leyendo y se hartaba la memoria de todo lo que leía, solamente después en dar las explicaciones sobre las obras y los autores, en su casa, como así mismo Don Postumio, no se cansaban de ponderar su inteligencia. Así era que cuando su madre hablaba de novios y matrimonios y daba consejos o hacía sus advertencias a sus otras hijas, relativas a los mozos del pueblo, concluía diciendo con firme aplomo:

    —Antoñita no necesita de nada de ésto, entiéndanlo ustedes; ella es suficiente a resolver de su suerte y á seguir sus propias inspiraciones.

    Estas creencias o pretensiones expresadas de contínuo entre familias de las dos muchachas, no dejaron de influir en su ánimo, como se verá en el transcurso de esta narración.

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