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Antología Mayor de la Literatura Dominicana (XIX-XX)

 

  • ARMANDO ALMÁNZAR RODRÍGUEZ (1935-)

    Narrador, crítico de cine, periodista. Nació en Santo Domingo, el 22 de mayo de 1935. Abandonó sus estudios de Derecho para dedicarse a actividades diversas, hasta encontrar en la publicidad un campo en el que ha podido afincarse. Su labor como crítico de cine en periódicos, la radio y la televisión, tiene un carácter pionero en nuestro país. En este sentido, su trabajo posee un indudable contenido didáctico que ha contribuido de manera significativa a la formación de un amplio público amante del cine. En el campo de la narrativa se ha distinguido sobre todo como cuentista, siendo uno de los representantes principales de la promoción de escritores de los sesenta. Ha obtenido numerosos galardones en diferentes concursos literarios.   

Obras publicadas:

    Límite (1967 y 1979), Infancia feliz (1978), Selva de agujeros negros para «Chichí La Salsa» (1985), Cuentos en cortometraje (1993), Marcado por el mar (1995), Premio Anual de Cuento, El elefante y otros relatos extraños (1998), Arquímedes y el Jefe y otros cuentos de la Era (1999).      

LÍMITE   

    —Ten cuidado con la pared, animal!

    Ahuecadas, profundas, retumbantes, las palabras llegaron a oídos del joven que hacía retroceder un alargado y brillante Chevrolet, luego de rebotar varias veces en las paredes, en el bajo techo y las carrocerías de docenas de automóviles; otro individuo, joven también, se acercó al Chevrolet y dirigió la operación desde el frente. Al fondo retumbó de nuevo el trueno.

    —Nunca van a aprender a hacer las cosas? En ese hueco cabe hasta un camión y ustedes no pueden meter un carro; vaya con los ayudantes que tengo!

    Los ecos fueron cayendo y apagándose poco a poco en el piso de cemento, deslizándose en los estrechos huecos que separaban los autos. Martín se tranquilizó al observar al Chevrolet en posición correcta, alineado con los demás. Sólo entonces se volvió hacia un azul y aplastado deportivo.

    —Y ahora tú, pequeño ven, voy a llevarte a la camita yo mismo; no me atrevo a dejarle en manos de esos zoquetes.

    Las manos de Martín acariciaron la reluciente portezuela antes de abrirla; luego, se introdujo y acomodó muellemente, enlazando los brazos en la rueda del volante.

    —No tienes de qué preocuparte, pequeño; yo ya estaba en este mundo mucho antes de que tú pensaras nacer... veintitrés años tengo ya haciendo esto, llevando a tus hermanos, a tus padres y hasta a tus abuelos a la cama, y ninguno se ha quejado de mi, nunca...

    El leve chasquido de la llave del encendido se perdió en el rugido del potente motor. La carrera había sido reñida, emocionante; durante la mayor parte del recorrido tres carros habían disputado el primer puesto continuamente; pero ahora, faltando ya poca distancia, apenas unos cientos de metros para alcanzar la meta, el aplastado bólido azul lograba sacar ventaja, dejaba atrás a sus contrarios. Unos segundos más, unos instantes en los que la respiración de los miles de espectadores se detuvo, y, entre una explosión de frenético estusiasmo de la multitud, una postrera nube de polvo y un último estertor del poderoso motor, Martín detuvo la marcha, limpiándose el sudor del rostro con los guantes; a su alrededor, periodistas y admiradores se fundían en una danza de aplausos y sonrisas, tratando de darle la mano, con expresiones de profunda admiración reflejadas en sus rostros. Con una mueca de desdén colgando de los labios, Martín descendió ágilmente, volviéndose a observar el azul y aplastado deportivo.

    —Bien, ya estás en tu sitio, pequeño; que descanses bien.

    El encargado se alejó escoltado por las brillantes luces del techo del garaje, hacia la entrada, donde los ayudantes afanaban con un enorme coche de cuatro puertas.

    —Es mucho ese Lincoln para ustedes, eh borregos? Déjenlo, déjenlo; no podrían meterlo en ese lugar nunca; mejor lleven a su sitio el Ford del Sr. Hernández, vayan.

    Sonriendo mientras los ayudantes se alejaban, Martín montó en el Lincoln; sus manos diestras y sensitivas palparon suavemente los controles, el volante...

    —Muy bien, señor, muy bien, ya sé que me esperaba, que usted no se iba a dignar ir a su lugar en manos inexpertas, no, imposible; pero, ya ve, señor, aquí estoy ya, listo para servirlo, para conducirlo a su residencia nocturna; vamos, señor, yo seré su humilde lazarillo.

    El pie apretó suavemente el acelerador, mientras la mano hacía girar la rueda del volante haciendo entrar el enorme vehículo en el camino enarenado, la gravilla crujió al detenerse ante la entrada de la lujosa residencia; trajes de etiqueta, elegantes vestidos y pieles, aguardaban ansiosos, impacientes; Martín frunció el ceño al advertir todo ese aparato; le molestaban infinitamente esos contínuos y ostentosos recibimientos; estaba harto de no poder llegar a ninguna parte sin evitar esos empalagosos actos en su honor; al fin, saludando levemente con la mano, hizo un gesto resignado y abrió la portezuela.

    —Cuantas veces les voy a repetir, puercos, que se limpien las manos de grasa y aceite antes de tocar los carros?

    De nuevo rebotó la voz en el amplio y bajo local. La figura desgarbada, de hombros agostados, siempre como sosteniendo el cercano techo, se movió con lento paso entre las largas hileras de carros.

    —Tanto tiempo, tanto tiempo trabajando aquí metiendo y sacando carros, limpiándolos, cuidándolos y nadie me lo agradece, y ni siquiera tengo uno para mí, ni de los viejos, en el que pueda dar unas vueltas por la ciudad, por los paseos que dan a la playa, por las autopistas que van a otras ciudades...

    La mano diestra manejó el paño de gamuza haciendo desaparecer unas casi invisibles manchas de la superficie de un blanco y elegante Mercedes; frotó de nuevo, con lentitud...

    —Nunca he tenido uno para mí, nunca; veintitrés años cuidándolos, veintitrés años trabajando para ellos, sin faltar un día, y no he salido más allá de la calle del frente...

    La rueda del volante cedió un poco ante la presión de la cara de Martín; sus manos la rodearon, se deslizaron sobre el tablero de mandos, la mirada de Martín se proyectó a través del parabrisas, lastimándose al dar, tan de inmediato, contra la pared lateral, oscura y grasienta.

    —Hey! Tomás; cuida bien esto en lo que yo vuelvo.

    El asombro atravesó con prisa el espacio entre los ojos de los ayudantes, mientras el auto rodaba hacia la calle acelerando gradualmente, como con cierta ansiedad.

    El rostro de Martín irradiaba satisfacción, felicidad plena; las palmeras, batidas por el viento salino del mar, cruzaban raudas, empenachadas visiones a ambos lados del coche; figuras multicolores, lienzos que pugnaban por separarse de los cuerpos en un loco agitarse, oscuros puntos que navegaban en lontananza, rechonchas nubes de formas huidizas, y el sol, ese enorme y brillante sol de la mañana que se quebraba y multiplicaba en los cromos y níqueles del Mercedes... ah! esa sí era vida; al fin, al fin se había atrevido, al fin había conquistado el sol, el aire libre, la libertad, y en uno de sus preferidos, ese elegante y hermoso Mercedes!

    Martín observó el tablero de mandos y dio unas palmaditas en la rueda del timón, cariñosamente.

    —Estás cansado, querido, tienes sed? No te preocupes, eso lo arreglamos en seguida.

    Un leve gemir de las gomas y el auto penetró rápidamente en una estación gasolinera, deteniéndose frente a una de las bombas.

    —Revísalo bien, muchacho, y llena el tanque.

    Martín permaneció sentado frente al volante, su mano deslizándose continuamente sobre él, sobre la palanca de los cambios.

    —No me es nada tener que dejar el carro si hay que repararlo; lo malo es que voy a tener que irme a pie hasta encontrar un taxi, y dudo que aparezca alguno cerca de aquí.

    Las cejas se contraían sobre aquella voz cantarina, la abundante cabellera rubia trataba de escapar a la mano que ondulaba sobre ella. Las facciones de la muchacha hicieron olvidar todo a Martín, que se deslizó fuera del auto.

    —Me sentiría un ser despreciable si no la sacara de este apuro, señorita; será para mí un placer ayudarla.

    Un inmenso azul rodeó la figura de Martín, titubeando.

    —No sé si deba... no tiene por que molestarse...

    —Molestarme? Es un placer inesperado; suba, suba, no tiene más que indicarme donde quiere ir.

    El mar y el cielo, las palmeras que surgían y se escapaban raudas, el sol, y aquella hermosa mujer apartándose el pelo de los ojos, allí, a su lado... era maravilloso, maravilloso; y todo se lo debía a su querido Mercedes blanco...

    —Asi que la batería de su auto se agotó, señorita...

    —Marcia, llámeme Marcia...

    —Hermoso nombre, Marcia; el mío es Martín...

    Parecía un cuento aquello; se veía a si mismo, Martín, el encargado del Garage Méndez, manejando aquel blanco y flamante Mercedes, entre el mar y el sol, y Marcia...

    —Si no tiene usted prisa, Marcia, podemos detenernos un momento y tomar unos cocteles en aquel auto‑servicio.

    —Como quiera, Martín...

    La bandeja, con las copas destellando en el sol, avanzaba en precario equilibrio entre los autos.

    —Brindemos por el feliz incidente que nos ha reunido, Marcia.

    Las copas se elevaron, escuchó el débil tintinear del cristal al chocar los blancos dientes de la hermosa mujer; sonrió, y, a través de la copa y el licor advirtió la prometedora sonrisa de la mujer, la insinuación cosquilleante de sus pupilas...

    —Marcia...

    Estúpido, indiscreto; aquel individuo estaba mirando a través de la ventanilla con los ojos muy abiertos; no le haría caso, no era momento para hacer una escena; levantó de nuevo la copa en señal de brindis; debía haberle entrado algo en el ojo, veía a Marcia como si hubiera un velo tendido entre ellos, sentía un extraño escozor; sacó el pañuelo y lo frotó delicadamente sobre sus pestañas... separó el pañuelo y parpadeó, tratando de precisar los objetos; aún la vista empañada, que contrariedad! y ahora eran tres o cuatro las personas que le miraban a través de la ventanilla; qué estupidez! cómo diablos no se daban cuenta de su mala educación? y... pero... no era aquella Marcia, allí, en el centro del grupo de siete u ocho personas? se volvió hacia la derecha, asombrándose del gran esfuerzo que tuvo que hacer para lograrlo... Marcia no estaba a su lado; por qué se habría ido? A lo mejor estaba en el cuarto de servicio, no había que ser indiscreto; ah! el cielo, el sol y el mar, qué belleza... pero... su vista, ese escozor tan molesto... era que se había nublado? Las palmeras, el brillo del sol en los autos, las rechonchas nubes, no, no estaban, no las veía, sólo una danzante superficie oscura... y todos aquellos individuos? era insoportable, cada vez eran más, hombres y mujeres, y Marcia, sí, Marcia, entre ellos, sus hermosos ojos rojos... rojos? si, rojos, todo rojo, con vetas oscuras y azules y allá, sobre las cabezas de aquellos imbéciles mirones, una mancha brillante........ caramba, tan familiar! si hasta parece el anuncio lumínico del Garage Méndez...! qué tontería! el garaje, ese mugroso garage en aquel ambiente... por qué no volvía Marcia? por qué no estaba con él en vez de estar mirándole con esos ojos tan abiertos? tonta! levantó su copa hacia ellos para... la copa? Que hacía con esa apestosa gamuza en la mano? y ese sabor en la boca... quién había preparado esa bebida infame? salada, como si fuera... pero sería mejor salir a buscar a Marcia, largarse de ese lugar, ya se estaba cansando de las miradas de todos esos estúpidos!

    Pero qué barbaridad! si estaría borracho... no podía salir del carro, no podía moverse... qué diablos estaba pasando?

    —Pobre hombre, debió sufrir muchísimo!

    Claro que había sufrido muchísimo! cómo que él había sufrido muchísimo? Acaso le decían por él? Ese que lo dijo le miraba, y se parecía tanto a Tomás, uno de sus ayudantes; sintió correr el sudor por su cara, su espalda, su pecho... no podía ser Tomás; qué iba a estar haciendo Tomás en este sitio? Bueno, al fin se estaban yendo los mirones, aunque... en realidad no se iban, no cambiaban de lugar... más bien parecía... parecía que oscilaban, que se esfumaban, se balanceaban sobre sí mismos, ondulaban, se deshacían... lo mismo que la luz, las nubes, las palmeras... trató de hablarles antes de que se fueran, trató de moverse; inútil; el sudor inundó su rostro al escuchar el ulular penetrante de la sirena... sudor? Sí, debía ser sudor, tenía que estar sudando con tanto esfuerzo... Marcia, Marcia, vuelve... muchacho, mi muchacho... ella se fue, y el sol, y el mar y las palmeras... sólo me quedas tú, muchacho, mi hermoso y flamante muchacho... hizo un último esfuerzo y se abrazó al retorcido volante; su cabeza cayó también sobre él, desmadejada; herida final en sus pupilas fue el destello rojizo y parpadeante, y luego el aullido penetrante se desvaneció, todo se desvaneció, se fundió en la masa oscura, pegajosa ondulante...

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