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Narrador, crítico de cine, periodista. Nació en
Santo Domingo, el 22 de mayo de 1935. Abandonó sus estudios de
Derecho para dedicarse a actividades diversas, hasta encontrar en
la publicidad un campo en el que ha podido afincarse. Su labor
como crítico de cine en periódicos, la radio y la televisión,
tiene un carácter pionero en nuestro país. En este sentido, su
trabajo posee un indudable contenido didáctico que ha contribuido
de manera significativa a la formación de un amplio público amante
del cine. En el campo de la narrativa se ha distinguido sobre todo
como cuentista, siendo uno de los representantes principales de la
promoción de escritores de los sesenta. Ha obtenido numerosos
galardones en diferentes concursos literarios.
Obras publicadas:
Límite
(1967 y 1979), Infancia feliz (1978), Selva de agujeros
negros para «Chichí La Salsa» (1985), Cuentos en
cortometraje (1993), Marcado por el mar (1995), Premio
Anual de Cuento, El elefante y otros relatos extraños
(1998), Arquímedes y el Jefe y otros cuentos de la Era
(1999).
LÍMITE
—Ten cuidado con la pared, animal!
Ahuecadas, profundas, retumbantes, las palabras
llegaron a oídos del joven que hacía retroceder un alargado y
brillante Chevrolet, luego de rebotar varias veces en las paredes,
en el bajo techo y las carrocerías de docenas de automóviles; otro
individuo, joven también, se acercó al Chevrolet y dirigió la
operación desde el frente. Al fondo retumbó de nuevo el trueno.
—Nunca van a aprender a hacer las cosas? En ese
hueco cabe hasta un camión y ustedes no pueden meter un carro;
vaya con los ayudantes que tengo!
Los ecos fueron cayendo y apagándose poco a
poco en el piso de cemento, deslizándose en los estrechos huecos
que separaban los autos. Martín se tranquilizó al observar al
Chevrolet en posición correcta, alineado con los demás. Sólo
entonces se volvió hacia un azul y aplastado deportivo.
—Y ahora tú, pequeño ven, voy a llevarte a la
camita yo mismo; no me atrevo a dejarle en manos de esos zoquetes.
Las manos de Martín acariciaron la reluciente
portezuela antes de abrirla; luego, se introdujo y acomodó
muellemente, enlazando los brazos en la rueda del volante.
—No tienes de qué preocuparte, pequeño; yo ya
estaba en este mundo mucho antes de que tú pensaras nacer...
veintitrés años tengo ya haciendo esto, llevando a tus hermanos, a
tus padres y hasta a tus abuelos a la cama, y ninguno se ha
quejado de mi, nunca...
El leve chasquido de la llave del encendido se
perdió en el rugido del potente motor. La carrera había sido
reñida, emocionante; durante la mayor parte del recorrido tres
carros habían disputado el primer puesto continuamente; pero ahora,
faltando ya poca distancia, apenas unos cientos de metros para
alcanzar la meta, el aplastado bólido azul lograba sacar ventaja,
dejaba atrás a sus contrarios. Unos segundos más, unos instantes
en los que la respiración de los miles de espectadores se detuvo,
y, entre una explosión de frenético estusiasmo de la multitud, una
postrera nube de polvo y un último estertor del poderoso motor,
Martín detuvo la marcha, limpiándose el sudor del rostro con los
guantes; a su alrededor, periodistas y admiradores se fundían en
una danza de aplausos y sonrisas, tratando de darle la mano, con
expresiones de profunda admiración reflejadas en sus rostros. Con
una mueca de desdén colgando de los labios, Martín descendió
ágilmente, volviéndose a observar el azul y aplastado deportivo.
—Bien, ya estás en tu sitio, pequeño; que
descanses bien.
El encargado se alejó escoltado por las
brillantes luces del techo del garaje, hacia la entrada, donde los
ayudantes afanaban con un enorme coche de cuatro puertas.
—Es mucho ese Lincoln para ustedes, eh borregos?
Déjenlo, déjenlo; no podrían meterlo en ese lugar nunca; mejor
lleven a su sitio el Ford del Sr. Hernández, vayan.
Sonriendo mientras los ayudantes se alejaban,
Martín montó en el Lincoln; sus manos diestras y sensitivas
palparon suavemente los controles, el volante...
—Muy bien, señor, muy bien, ya sé que me
esperaba, que usted no se iba a dignar ir a su lugar en manos
inexpertas, no, imposible; pero, ya ve, señor, aquí estoy ya,
listo para servirlo, para conducirlo a su residencia nocturna;
vamos, señor, yo seré su humilde lazarillo.
El pie apretó suavemente el acelerador,
mientras la mano hacía girar la rueda del volante haciendo entrar
el enorme vehículo en el camino enarenado, la gravilla crujió al
detenerse ante la entrada de la lujosa residencia; trajes de
etiqueta, elegantes vestidos y pieles, aguardaban ansiosos,
impacientes; Martín frunció el ceño al advertir todo ese aparato;
le molestaban infinitamente esos contínuos y ostentosos
recibimientos; estaba harto de no poder llegar a ninguna parte sin
evitar esos empalagosos actos en su honor; al fin, saludando
levemente con la mano, hizo un gesto resignado y abrió la
portezuela.
—Cuantas veces les voy a repetir, puercos, que
se limpien las manos de grasa y aceite antes de tocar los carros?
De nuevo rebotó la voz en el amplio y bajo
local. La figura desgarbada, de hombros agostados, siempre como
sosteniendo el cercano techo, se movió con lento paso entre las
largas hileras de carros.
—Tanto tiempo, tanto tiempo trabajando aquí
metiendo y sacando carros, limpiándolos, cuidándolos y nadie me lo
agradece, y ni siquiera tengo uno para mí, ni de los viejos, en el
que pueda dar unas vueltas por la ciudad, por los paseos que dan a
la playa, por las autopistas que van a otras ciudades...
La mano diestra manejó el paño de gamuza
haciendo desaparecer unas casi invisibles manchas de la superficie
de un blanco y elegante Mercedes; frotó de nuevo, con lentitud...
—Nunca he tenido uno para mí, nunca; veintitrés
años cuidándolos, veintitrés años trabajando para ellos, sin
faltar un día, y no he salido más allá de la calle del frente...
La rueda del volante cedió un poco ante la
presión de la cara de Martín; sus manos la rodearon, se deslizaron
sobre el tablero de mandos, la mirada de Martín se proyectó a
través del parabrisas, lastimándose al dar, tan de inmediato,
contra la pared lateral, oscura y grasienta.
—Hey! Tomás; cuida bien esto en lo que yo
vuelvo.
El asombro atravesó con prisa el espacio entre
los ojos de los ayudantes, mientras el auto rodaba hacia la calle
acelerando gradualmente, como con cierta ansiedad.
El rostro de Martín irradiaba satisfacción,
felicidad plena; las palmeras, batidas por el viento salino del
mar, cruzaban raudas, empenachadas visiones a ambos lados del
coche; figuras multicolores, lienzos que pugnaban por separarse de
los cuerpos en un loco agitarse, oscuros puntos que navegaban en
lontananza, rechonchas nubes de formas huidizas, y el sol, ese
enorme y brillante sol de la mañana que se quebraba y multiplicaba
en los cromos y níqueles del Mercedes... ah! esa sí era vida; al
fin, al fin se había atrevido, al fin había conquistado el sol, el
aire libre, la libertad, y en uno de sus preferidos, ese elegante
y hermoso Mercedes!
Martín observó el tablero de mandos y dio unas
palmaditas en la rueda del timón, cariñosamente.
—Estás cansado, querido, tienes sed? No te
preocupes, eso lo arreglamos en seguida.
Un leve gemir de las gomas y el auto penetró
rápidamente en una estación gasolinera, deteniéndose frente a una
de las bombas.
—Revísalo bien, muchacho, y llena el tanque.
Martín permaneció sentado frente al volante, su
mano deslizándose continuamente sobre él, sobre la palanca de los
cambios.
—No me es nada tener que dejar el carro si hay
que repararlo; lo malo es que voy a tener que irme a pie hasta
encontrar un taxi, y dudo que aparezca alguno cerca de aquí.
Las cejas se contraían sobre aquella voz
cantarina, la abundante cabellera rubia trataba de escapar a la
mano que ondulaba sobre ella. Las facciones de la muchacha
hicieron olvidar todo a Martín, que se deslizó fuera del auto.
—Me sentiría un ser despreciable si no la
sacara de este apuro, señorita; será para mí un placer ayudarla.
Un inmenso azul rodeó la figura de Martín,
titubeando.
—No sé si deba... no tiene por que molestarse...
—Molestarme? Es un placer inesperado; suba,
suba, no tiene más que indicarme donde quiere ir.
El mar y el cielo, las palmeras que surgían y
se escapaban raudas, el sol, y aquella hermosa mujer apartándose
el pelo de los ojos, allí, a su lado... era maravilloso,
maravilloso; y todo se lo debía a su querido Mercedes blanco...
—Asi que la batería de su auto se agotó,
señorita...
—Marcia, llámeme Marcia...
—Hermoso nombre, Marcia; el mío es Martín...
Parecía un cuento aquello; se veía a si mismo,
Martín, el encargado del Garage Méndez, manejando aquel blanco y
flamante Mercedes, entre el mar y el sol, y Marcia...
—Si no tiene usted prisa, Marcia, podemos
detenernos un momento y tomar unos cocteles en aquel auto‑servicio.
—Como quiera, Martín...
La bandeja, con las copas destellando en el
sol, avanzaba en precario equilibrio entre los autos.
—Brindemos por el feliz incidente que nos ha
reunido, Marcia.
Las copas se elevaron, escuchó el débil
tintinear del cristal al chocar los blancos dientes de la hermosa
mujer; sonrió, y, a través de la copa y el licor advirtió la
prometedora sonrisa de la mujer, la insinuación cosquilleante de
sus pupilas...
—Marcia...
Estúpido, indiscreto; aquel individuo estaba
mirando a través de la ventanilla con los ojos muy abiertos; no le
haría caso, no era momento para hacer una escena; levantó de nuevo
la copa en señal de brindis; debía haberle entrado algo en el ojo,
veía a Marcia como si hubiera un velo tendido entre ellos, sentía
un extraño escozor; sacó el pañuelo y lo frotó delicadamente sobre
sus pestañas... separó el pañuelo y parpadeó, tratando de precisar
los objetos; aún la vista empañada, que contrariedad! y ahora eran
tres o cuatro las personas que le miraban a través de la
ventanilla; qué estupidez! cómo diablos no se daban cuenta de su
mala educación? y... pero... no era aquella Marcia, allí, en el
centro del grupo de siete u ocho personas? se volvió hacia la
derecha, asombrándose del gran esfuerzo que tuvo que hacer para
lograrlo... Marcia no estaba a su lado; por qué se habría ido? A
lo mejor estaba en el cuarto de servicio, no había que ser
indiscreto; ah! el cielo, el sol y el mar, qué belleza... pero...
su vista, ese escozor tan molesto... era que se había nublado? Las
palmeras, el brillo del sol en los autos, las rechonchas nubes,
no, no estaban, no las veía, sólo una danzante superficie oscura...
y todos aquellos individuos? era insoportable, cada vez eran más,
hombres y mujeres, y Marcia, sí, Marcia, entre ellos, sus hermosos
ojos rojos... rojos? si, rojos, todo rojo, con vetas oscuras y
azules y allá, sobre las cabezas de aquellos imbéciles mirones,
una mancha brillante........ caramba, tan familiar! si hasta
parece el anuncio lumínico del Garage Méndez...! qué tontería! el
garaje, ese mugroso garage en aquel ambiente... por qué no volvía
Marcia? por qué no estaba con él en vez de estar mirándole con
esos ojos tan abiertos? tonta! levantó su copa hacia ellos para...
la copa? Que hacía con esa apestosa gamuza en la mano? y ese sabor
en la boca... quién había preparado esa bebida infame? salada,
como si fuera... pero sería mejor salir a buscar a Marcia,
largarse de ese lugar, ya se estaba cansando de las miradas de
todos esos estúpidos!
Pero qué barbaridad! si estaría borracho... no
podía salir del carro, no podía moverse... qué diablos estaba
pasando?
—Pobre hombre, debió sufrir muchísimo!
Claro que había sufrido muchísimo! cómo que él
había sufrido muchísimo? Acaso le decían por él? Ese que lo dijo
le miraba, y se parecía tanto a Tomás, uno de sus ayudantes;
sintió correr el sudor por su cara, su espalda, su pecho... no
podía ser Tomás; qué iba a estar haciendo Tomás en este sitio?
Bueno, al fin se estaban yendo los mirones, aunque... en realidad
no se iban, no cambiaban de lugar... más bien parecía... parecía
que oscilaban, que se esfumaban, se balanceaban sobre sí mismos,
ondulaban, se deshacían... lo mismo que la luz, las nubes, las
palmeras... trató de hablarles antes de que se fueran, trató de
moverse; inútil; el sudor inundó su rostro al escuchar el ulular
penetrante de la sirena... sudor? Sí, debía ser sudor, tenía que
estar sudando con tanto esfuerzo... Marcia, Marcia, vuelve...
muchacho, mi muchacho... ella se fue, y el sol, y el mar y las
palmeras... sólo me quedas tú, muchacho, mi hermoso y flamante
muchacho... hizo un último esfuerzo y se abrazó al retorcido
volante; su cabeza cayó también sobre él, desmadejada; herida
final en sus pupilas fue el destello rojizo y parpadeante, y luego
el aullido penetrante se desvaneció, todo se desvaneció, se fundió
en la masa oscura, pegajosa ondulante...
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